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El grito silenciado en el cuartel

Un camarada del suboficial Pereyra rompe el silencio: relata el deterioro emocional, las advertencias ignoradas y el trágico desenlace en Monte Caseros

Por Semanario Monte Caseros (Redacción con IA).

En un testimonio crudo y exclusivo al que accedió y publico el Medio Esenciadigital Monte Caseros (De Pablo Monzon), un camarada del suboficial principal Juan Javier Pereyra, perteneciente al Centro de Entrenamiento Operativo (CEO) de Monte Caseros del Ejército Argentino, revela los dramáticos momentos previos al suicidio del militar, ocurrido esta semana. La narración, en primera persona, expone una cadena de señales de alerta, desatención y una posible falla sistémica en el soporte a la salud mental dentro de la institución.

“Ya lo veía mal, mal, mal”

El relato pinta un retrato humano y desgarrado del suboficial Pereyra en sus últimas semanas. Su camarada describe a un hombre cargado de problemas: una separación de hace dos años, conflictos con una de sus hijas y graves quebrantos económicos que habían llegado incluso al embargo de su sueldo. “Un millar de dramas tenía”, sintetiza la fuente.

Pero más allá de los problemas concretos, lo que alarmaba a su compañero era un cambio abrupto en su conducta y estado emocional. “Lo noté mal ya… cuando yo lo saludaba, me charlaba todo bien, y como yo no estaba con él… le decía ‘mi principal, ¿Cómo anda?’. Movía la cabeza nomás”, describe. Una actitud apagada y distante que contrastaba con su comportamiento anterior.

La advertencia explícita que solo derivó en un psicólogo

Ante esta visible angustia, el camarada tomó la iniciativa y expresó su preocupación a los superiores. Su alerta fue precisa y cargada de urgencia: “El principal tiene armamento ahí… se puede pegar un tiro, ya sea ahora estando de semana o en la guardia”. Lejos de subestimar el riesgo, propuso incluso una medida concreta y preventiva: asignarle un turno en el centro fijo, donde no se usa armamento.

La respuesta de la cadena de mando, según el testimonio, fue insuficiente y burocrática. “Ahí tenés razón, me dijo (el superior)… fue a hablar con el jefe. Lo mandaron al psicólogo”. A partir de ahí, el compañero perdió contacto con Pereyra. La derivación psicológica, en este relato, aparece como un trámite más que como el inicio de un protocolo integral de contención y apoyo.

Ingreso al CEO en Monte Caseros.

La desaparición y el hallazgo trágico

El día del hecho, Pereyra recibió una citación judicial. Un superior le recordó asistir, pero después, “no se lo vio más”. No salió por la guardia. Una búsqueda desesperada por el cuartel y el casino no dio resultados. Forzaron la puerta de su habitación y encontraron su teléfono, indicio de que había salido sin pertenencias.

El desenlace llegó en la madrugada. Un “ganchiro” (ordenanza), buscando una llave perdida en un pasillo, abrió la puerta de una pieza abandonada. Allí encontró al suboficial ahorcado.

¿Se pudo hacer más? Un sistema cuestionado

El testimonio obliga a una reflexión incómoda y necesaria. La alarma fue dada. El riesgo fue explicitado con crudeza. ¿Bastaba con “mandarlo al psicólogo”? ¿Existe en las unidades un protocolo serio, empático y activo para casos de crisis emocional aguda entre el personal? La duda queda flotando: ¿el suboficial Pereyra fue víctima de una sociedad y una institución deshumanizada, donde el sufrimiento silencioso se subestima hasta que es demasiado tarde?

Su compañero vio lo que otros, quizás por comodidad o por protocolos ciegos, no quisieron o no supieron ver: a un hombre al borde del abismo. Hoy, su voz denuncia no solo una tragedia personal, sino una potencial falta de empatía y de mecanismos efectivos de apoyo entre camaradas y hacia los subordinados.

El Ejército ha perdido a uno de los suyos. La pregunta que queda abierta al debate es si esta pérdida pudo evitarse, o si, por el contrario, es el síntoma de una herida más profunda que necesita ser atendida con urgencia, humanidad y valor, más allá de los manuales y las derivaciones formales.

¿Estamos fallando como sociedad en detectar y contener el dolor ajeno, incluso en instituciones jerárquicas como las fuerzas armadas? ¿La solución a una crisis mental puede reducirse a una cita psicológica sin un acompañamiento integral? El caso Pereyra, en su crudeza, exige estas y otras preguntas.

Pereyra en las Operaciones Conjunta con el Ejercito de Brasil.

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