EDITORIAL, 18 ABRIL 2025 – Las recientes declaraciones de Patricia Pelichero, presidenta de la Fundación Miguelito Rosabaco, tras un nuevo y lamentable episodio de violencia juvenil que se ha viralizado, resuenan con una profunda preocupación que compartimos como comunidad. Sus palabras, marcadas por el dolor y la inquietud ante la frecuencia de estos hechos, nos interpelan directamente sobre el estado de nuestra sociedad y la urgente necesidad de acciones concretas.
La Fundación Miguelito Rosabaco, fiel a su compromiso, se ha puesto a disposición de la víctima, ofreciendo contención y ayuda. Sin embargo, la propia Pelichero señala un punto crucial: estos incidentes, lejos de ser aislados, son una preocupación constante que a menudo pasa desapercibida hasta que la crudeza de un video los expone públicamente. Esta realidad nos obliga a mirar más allá del hecho puntual ya analizar las raíces profundas de esta violencia.
Los comentarios vertidos en redes sociales tras este suceso ofrecen diversas perspectivas que, aunque a veces cargadas de frustración y señalamientos, invitan a la reflexión. Se menciona una crisis familiar que inevitablemente se traslada a la escuela y a la sociedad en general. Se subraya la responsabilidad de la institución educativa en educar con herramientas innovadoras, fomentando la reflexión y la participación activa de los jóvenes. Se insiste en la importancia del papel de los padres en la contención, la imposición de límites, el respeto y la escucha activa.
Es particularmente relevante el cuestionamiento sobre la utilidad de la expulsión como medida punitiva, señalando que esta acción privada al joven de la posibilidad de recibir educación y no aborda las causas subyacentes del problema. Asimismo, se advierte sobre la improductividad de buscar culpables en las autoridades, abogando por acciones constructivas.
Algunas voces apuntan directamente a la falta de educación en el hogar, la ausencia de acompañamiento y la priorización de otras actividades por encima del diálogo y la supervisión de los hijos. Otros lamentan la insensibilidad y la falta de empatía ante el sufrimiento de la víctima y su familia. La imagen de padres absortos en sus teléfonos móviles a la salida de la escuela, descuidando la interacción con sus hijos, pinta un preocupante panorama de desconexión familiar.
Finalmente, se expresa un profundo dolor por la pérdida de humanidad y compañerismo, evidenciado en la pasividad de quienes presencian la violencia sin intervenir. Esta observación nos confronta con la pregunta de en qué tipo de sociedad nos estamos convirtiendo.
Como medio editorial, consideramos que este lamentable suceso y las reflexiones que suscita deben ser un llamado a la acción colectiva. No podemos permanecer indiferentes ante la creciente violencia juvenil. Es imperativo que las familias, escuelas, instituciones, fundaciones y la comunidad en general asuman un compromiso activo y respetuoso para comprender las causas de esta problemática y trabajar conjuntamente en la búsqueda de soluciones efectivas.
Es necesario fortalecer los lazos familiares, promover una educación basada en valores, fomentar la empatía y el respeto en todos los ámbitos, y brindar herramientas a los jóvenes para que sean protagonistas responsables de sus actos. La violencia no es un destino inevitable; es un síntoma de un tejido social que necesita ser urgentemente reparado. La conversación iniciada por este doloroso hecho debe traducirse en concretas y sostenidas para construir un futuro donde la violencia juvenil sea un triste recuerdo del pasado.



